Varias especies de aves se posan en las alturas de aquel rio convertido en cañal, se encuentra rodeado de verdes pastizales y enormes árboles que albergan entre sus ramas a las mirlas, los copetones, los colibríes, las molestas palomas y ocho buitres. Un discreto balcón brota con elegancia para soportar el ultimo apartamento de un vetusto edifico. En los suelos del mirador privado se encuentran acumuladas varias macetas y dentro de ellas hay sembradas plantas aromáticas, frutales, vegetales, bambúes y malezas. En medio de todas las plantas se halla una mesa de plástico marrón, sobre ella un pequeño cenicero metálico a medio llenar, acompañan a la mesa dos sillas de plástico blancas en las que tomo asiento para escuchar los crepúsculos. El cañal divide dos calles, una de ellas sube y la otra baja. Elegí habitar el apartamento más alto de ese antiguo edificio para comprender a los pájaros; trepo cien escaleras cada tres días para sacar la basura.

Las palomas se instalaron en mi techo, bulliciosas e inquietas manifiestan la crianza de su huevo. Los copetones anidan en uno de los tantos árboles que rodean el cañal y en las mañanas se acercan a mi balcón en busca de comida. Los colibríes pinchan con su pico las pocas flores que crecen en las terrazas vecinas, compiten con las abejas para obtener el mejor néctar. Las mirlas gozan de mala reputación entre los bogotanos, se instalan por temporadas en un árbol que promete cosecha de pequeñas bayas cada año. Cuando las mirlas llegan, las palomas y los copetones desaparecen, las mirlas comen sus huevos, son oportunistas, comen bayas, huevos, copetones enfermos y una que otra miga de pan. Durante la época de cosecha de aquel fruto que parece una mora, el silencio se apodera del cañal, no obstante, por instantes se oyen los hermosos cantos provenientes de los mirlos. Los ocho buitres habitan el árbol más alto de la zona y anidan encima de la rama más alta de aquel árbol. Todas las mañanas los buitres emprenden su vuelo en busca de algún cuerpo descompuesto en las cercanías.

Las palomas son molestas, su arrullo produce un ruido incesante y fastidioso que contrasta con los bellos cantos de las otras especies. La cosecha suele darse cada año en el mes de mayo, durante esos días la armonía es absoluta, las palomas se alejan y permiten apreciar la delicadeza con la que las demás especies cantan al alba. La cuarentena humana ayudó a incrementar sus poblaciones y los pájaros se apoderaron del cañal, de la calle y de los balcones. Ahora varios propietarios tienen alas y pico y bailotean con elegancia.  El sistema ha proporcionado un orden a las sociedades humanas, mantiene a la conciencia en constante vigilancia de los pensamientos propios. La inmutable lucha entre el instinto, la razón y la moral ha producido un ser humano disociado, avergonzado, obediente. Mis vecinos habitan en los interiores de la arcaica estructura, esconden sus rostros detrás de las cortinas y son descubiertos por sus perseverantes voces y alaridos. Residen varios infantes en los apartamentos de abajo, desesperan sus cuerpos con la quietud del confinamiento y atacan las reglas para salir a jugar al parque. Los exagerados administradores han prohibido el ingreso de humanos visitantes al inmueble e impiden el desarrollo de cualquier actividad, en los últimos meses los únicos invitados de esta vetusta edificación han sido las aves.

Hace tres meses faltan 15 días para finalizar el confinamiento, cada día se extiende dos semanas la recuperación de nuestros derechos. El miedo no se disipa, la sociedad busca culpables, arremete contra familiares y obedece gobernantes. Mi condición se asemeja a la de las mirlas, no por su oportunismo, pues soy el hombre mas inoportuno que la naturaleza pudo crear, sino por su mala reputación, la mía llegó a ser tan mala que se vio obligada a convertirse en cualidad. La extensa cuarentena nos permitió descubrir los sonidos que el trafico opacaba, ver aquello que la existencia ignoraba. Mi profesión mantiene una cuarentena extendida, siempre he trabajado desde casa, sin embargo, es diferente quedarse en casa cuando todos los demás también lo hacen. Atravesando el cañal, frente a la calle que va de subida, se encuentran varias casas enormes, son blancas y de arquitectura similar. En algunas de ellas el garaje se habilitó como local comercial y en uno de esos locales esta ubicado un bar. Hace unos meses se escuchaban gritos alegres ocultando dificultades, minutos de placer deleitaban la vida de aquellos individuos. La angustia era dispersada por el alcohol y los cantos, y en ese instante, esos seres sentían armonía. En Bogotá los ríos se volvieron cañales y sus aguas ahora albergan varios indigentes, no hay peces ni plantas, los adorna el concreto y la delincuencia. Vivir al frente de un cañal en Bogotá es lo más cercano a vivir al frente del rio. Mi calle es decorada por los ríos, los árboles y los pastizales y mi terraza brota del edificio con distinción, sus calurosos suelos adornan mis lumbreras y permiten deambular eternamente.

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